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Opinión

Un hito que hay que celebrar: Colombia protege su Amazonía, y la ciencia nos recuerda por qué eso nos salva a todos

Hay una historia que la naturaleza lleva contando 2.600 kilómetros al año, y casi nadie la escucha: el desierto del Sahara, el lugar más seco del planeta, envía cada año millones de toneladas de polvo cruzando el Atlántico. Ese polvo —cargado de fósforo, el mineral que le falta al suelo amazónico— aterriza en la selva más húmeda del mundo y la mantiene viva. La NASA lo midió con el satélite Calipso: 27,7 millones de toneladas de polvo, 22.000 toneladas de fósforo, cada año, sosteniendo un ecosistema a medio mundo de distancia. Lo que pasa en un extremo de la Tierra sostiene la vida en el otro. Así de interconectado está todo. Así de frágil es el equilibrio que ninguna frontera, ninguna licencia y ninguna economía puede darse el lujo de romper. Por eso esta semana celebramos algo que merece decirse en voz alta: Colombia se convirtió en el primer país de la cuenca amazónica en declarar la totalidad de su territorio amazónico como zona libre de gran minería e hidrocarburos. Es un hito. Y es, ante todo, el ejercicio de un derecho fundamental: el derecho a un ambiente sano y al paisaje, que nuestra Constitución protege en el artículo 79 y que la Corte Constitucional ha reconocido, una y otra vez, como condición para la vida misma. ¿Qué se está protegiendo exactamente? Un bioma —una gran región del planeta definida por su clima, su suelo y las formas de vida que allí se desarrollan de manera interdependiente—. El bioma amazónico colombiano alberga el 10% de las especies de plantas conocidas del planeta: eso es biodiversidad, la variedad de vida que sostiene todo lo demás, desde el aire que respiramos hasta los alimentos que comemos. Y ese mismo bioma regula el ciclo del agua —la forma en que el agua se evapora, forma nubes, cae como lluvia y alimenta ríos y napas subterráneas— hasta el punto de abastecer los páramos andinos de los que depende el agua potable de millones de colombianos que nunca han pisado la selva. Esta decisión también responde a un compromiso internacional: el Acuerdo de París, el pacto climático global de 2015 mediante el cual los países se comprometieron a limitar el calentamiento global. Colombia lo tradujo en su NDC 3.0 —su Contribución Nacionalmente Determinada—, la hoja de ruta con la que el país le dice al mundo, con metas concretas, cómo va a cumplir su parte. Proteger la Amazonía no es un gesto simbólico: es cumplir esa promesa. Y la pregunta que sigue es la que de verdad importa: si no es con minería ni con petróleo, ¿de qué va a vivir la Amazonía? La respuesta que se está construyendo tiene nombre. Bioindustria: aprovechar de forma sostenible los recursos biológicos de la región —frutas, fibras, principios activos— sin destruir el ecosistema que los produce. Agroecología: producir alimentos trabajando con los ciclos naturales del suelo y del bosque, no en contra de ellos. Turismo científico: convertir el conocimiento del propio territorio en una fuente de ingreso, llevando investigadores y visitantes a aprender de la selva sin agotarla. Todo eso es conservación en su sentido más práctico: no dejar la naturaleza intacta y sin uso, sino usarla de una forma que le permita seguir existiendo para quien venga después. La naturaleza no pide permiso para recordarnos que todo está conectado. Nos toca a nosotros decidir si actuamos antes de que la factura llegue sola. ¿Qué opina usted: puede Colombia sostener esta protección sin sacrificar el desarrollo de las regiones amazónicas? Cuéntenos. #JurídicoSaraCarrascal #DerechoMineroAmbiental #JusticiaAmbiental #TransiciónEnergéticaJusta

SC

Sara Carrascal

Abogada · Derecho Laboral y Minero Ambiental

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